Esta claro que el agua es la vida pero nunca llueve a gusto de todos. A nosotros los cofrades, en el sentido estricto de la expresión, la complejidad de que la lluvia desluzca o suspenda salidas procesionales nos tiene que servir para crecer. Hay, por encima de las adversidades, que saber estar. Algo que en la mayoría de las ocasiones conseguimos.
Por razones obvias, la Semana Santa que hoy termina, no ha sido indiferente. Marca para mi sentir cofrade un antes y un después. Está claro de donde salen las fuerzas y no quiero dejar pasar este medio de comunicación que hoy hago público para expresar mi gratitud a todos los que de muchas maneras me han ayudado a llevar mi pequeña Cruz.
Posiblemente en el cielo también hayan habido lágrimas de agradecimiento ante la presencia espiritual del que sigue siendo nuestro Hermano Mayor. Su corazón se empezó a parar también un jueves de hace diez semanas, justo a la misma hora que caían las primeras gotas de lluvias al tiempo de que Nuestro Padre entraba en la Parroquia donde desde su altar provisional despidió con todos sus hijos a quien tanto lo quiso.